Mis recuerdos del Período Especial no están asociados a Baracoa. No al menos de forma directa. Viví aquellos intensos y difíciles años en Santiago de Cuba. Solo cada 45 días aproximadamente emprendía la odisea que me permitía –a veces- retornar a casa –casi siempre por unas pocas horas-. Les juro que las historias de mis aventuras “botellescas” no cabrían en estas líneas si me propusiera martirizarlos o hacerlos reír hasta el delirio. Declaro, solemnemente también, que en nada desmerecen las del héroe griego, ni en cantidad, ni en intensidad, ni en duración, ni siquiera en fabulismo.
Para los que no se conforman con meras palabras y demandan vivencias concretas les dejo aquí la sinopsis de dos capítulos de la novela de caballería “Cien meses de Período Especial (o casi)” que pienso escribir algún día y en la que Baracoa será Mi-condo. Alguien podría creer más apropiado para estos tiempos una novela de aventuras al estilo de Salgari, Julio Verne o incluso el espacio homónimo de la televisión cubana; pero me parece que el retorno forzado al Medioevo, con sus coches tirados por caballos y sus yuntas de bueyes apropiadas lo mismo para arar la tierra que para trasladarse de un lugar a otro, se aviene mejor al estilo cervantino.
Yo no sé si aprendí a coger botella porque dicen que lo que bien se aprende no se olvida y la verdad es que la botella a mí no me va. Pero en todo caso las botellas me cogían a mí, quizás por lástima. Recuerdo que mi récord personal es de 33 objetos rodantes (algunos no bien identificados) para llegar desde santiago de Cuba hasta Baracoa, entre ellos una yunta de bueyes y el carro de San Fernando (unas veces a pie y otras caminando, para el que no lo identifique) en un tramo bastante largo y empinado de La Farola. No sé si clasifica para los Guinness, pero no me negarán que es una buena marca.
Siguiendo con las anécdotas de las botellas, la más triste que recuerdo es la de aquel fin de semana que salí jueves al mediodía de la Universidad para Baracoa con la esperanza de una visita relámpago a casa para retornar el domingo. El periplo carretera central-autopista-entrada del Cristo-La Maya lo hice en el enviadiable tiempo de unas cuatro o cinco horas, así que al final de la tarde me sentía feliz y abrigaba la esperanza de que con un poco de suerte al día siguiente podría abrazar a mis padres… ¡vana esperanza! Después de más de 48 horas en que monté casa y campamento en la terminal de La Maya sin empatarme con nada que me diera un aventón más al oriente, el sábado por la noche tuve que convencerme de que había caído en desgracia ante el Dios de los Botelleros y resignarme a regresar a la beca en una guagua que cargó con destino a Santiago de Cuba. Ese ha sido el viaje más agotador e inútil de toda mi vida. No estoy segura de cuántas horas seguidas dormí cuando me reencontré con mi cama de Quintero, pero quienes me conocen podrán adivinar que no fueron pocas.
En cinco años de universidad solo vine a Baracoa 6 ó 7 veces por año y unas cuantas semanas en las vacaciones de verano. No sé como mi mamá se las arreglaba para poner una mesa bien provista; solo hoy alcanzo a imaginar su sacrificio y su celo por guardar “lo mejor” para “cuando llegara la niña”. Incluso la manteca de coco, gracias a su alquimia, perdía su sabor y olor característicos al punto de no ser reconocida por el avisado olfato de mis invitados. No estuve al tanto de las socorridas recetas a base de cepa de plátano ni otros “inventos” culinarios legendarios. Y si hoy conozco y disfruto la leche de coco en sus múltiples variantes no es reminiscencia de esa época, sino tradición familiar.
Por eso Baracoa y Período Especial no conjugan en mis recuerdos. Pero sí en los de muchos de mis coterráneos. Comparto otra vez este espacio de remembranza con mi amiga Maydelín Durán porque, como ella, creo que ignorar esta parte de nuestra memoria colectiva es desconocer la capacidad de resistencia que ha salvado a los cubanos en cada ocasión en que el mundo ha amenazado con desplomarse a sus pies. Sobrevivir esos años, en cuerpo y alma, es una prueba irrefutable de que vivir es sobre todo un acto de fe.
Período Especial a la baracoesa (por Maydelín Durán)
Período Especial. Son dos palabras que se han quedado grabadas en el cerebro de todos los cubanos. Es casi imposible imaginar como un día nos levantamos y la vida había cambiado de golpe. No pretendo hacer un estudio del caso, ni ahondar en las causas que lo provocaron, quiero sencillamente recordar mis vivencias personales que con el paso del tiempo uno tiende a minimizar, pero no por eso dejan de ser desgarradoras y a la vez fructíferas experiencias.
Baracoa sufrió el Período Especial en modo peculiar: la posición geográfica que le ha permitido ser un paraíso paisajístico y sus emblemáticos cocoteros, nos salvaron literalmente la vida. Nunca como en aquel momento comprendi en todo su significado por qué al cocotero lo llaman el árbol de los cien usos.
En aquellos años 90 el aire de la ciudad se impregnó de los olores de la grasa recién frita y la leña. Aquel aroma lo expelíamos por todas partes, salía de los poros, del cabello, de la ropa… Fue la marca peculiar de los baracoesos en la crisis: tienes sarna, échate manteca de coco; no tienes grasa para el pelo, échate manteca de coco; no hay jabón, báñate con jabón de requesón de manteca de coco; vas a cocinar, ve a comprar una botella de manteca de coco.
La noticia más importante en Baracoa entonces no tenía nada que ver con lo que estuviese sucediendo en el mundo, ni en el país; ni siquiera nos hubiéramos alarmado ante una alerta de tsunami. Al caminar por la ciudad, sentarse en una esquina, intercambiar un comentario, la única cosa que adquiría forma, el único argumento de una conversación era la cotizacion de la manteca de coco en nuestra peculiar bolsa de valores: la manteca subió, la manteca bajó, ayer freí, fulano tiene pero la vende a tanto, cambié una botella por dos libras de arroz que trajeron unas gentes de Bayamo. Estos eran nuestros titulares.
Debo confesar que descubrí maravillosos platos. El pescado con leche de coco (¡claro, lo del pescado!) llegó gracias a Rafael, más conocido por Jeep, apodo que se ganó al venir al mundo en unos de esos carros en una desenfrenada carrera desde Navas a Baracoa, o al pueblo, como la llaman nuestros coterráneos más alejados de la ciudad. Rafael pescaba y gracias a él, de cuando en vez (más de cuaaando que en vez) podíamos permitirnos aquel lujo.
También sabía a gloria el cangrejo con leche de coco, unos animalitos que veíamos aumentar de valor y disminuir en tamaño por los efectos de la crisis, de la que ellos salieron peor parados que nosotros. Recuerdo que Yerson no dejó cuevas sanas a fuerza de poner trampas, y al parecer esperaba un milagro de Dios al armarlas todos los días en los mismos sitios, como si el solo hecho de la existencia del hueco en tierra los ayudara a reproducirse.
Descubrí la sopa de espinaca, el arroz con espinaca, la ensalada de espinaca, el compuesto de espinaca, verdura que mi madre a fuerza de comer casi todos los días la convirtió en una espinacofobica. Cuando unos años después, antes de someterla a una operación y comprobar que tenía anemia, le aconsejaron comerla para subir la hemoglobina, se negó rotundamente y se mantuvo en sus trece.
Con el Período Especial nos quitamos también un problema que pendía sobre nosotros por largos años, aquella mata de mangos seda en el patio, detrás de la casa. No olvido las regañinas de mi papá con los muchachos del barrio que les tiraban piedras, o las veces que se molestaba cuando descubría que los tumbábamos verdes, o cuando encontraba a Dimitro y a Yerson haciendo estragos en las alturas. Pues bien, en aquel período no fue así cuando un día nos levantamos y descubrimos que se los habían llevado todos apenas recién nacidos, dejándonos solamente la brillantez de sus verdes y alargadas hojas. Mi papá como es de suponer se molestó muchísimo; pero fue una sola vez, para beneplácito de todos.
No pueden quedar fuera de esta historia los colchones de mi abuela, forrados todos con colchas de trapear que una a una fueron desapareciendo para ayudarnos en la limpieza cotidiana y que aún hoy no sé con qué las sustituyó, y mejor no averiguo. Tampoco las caminatas a Yara, en pleno agosto, a casa de Minita, para recoger tomates todo el día y volver a la casa pagados en especie; casi siempre una lata grande, de las que se conocen aquí como de gas, llena de frijol caballero, aunque contaba también la vaina.
¿Cómo olvidar aquella ropa íntima hecha de lo que apareciera que nos mordía la ingle con sus elásticos de preservativos? Mención honorífica merecen los chupamiao que ahora muchos niegan haber usado -el chupamiao era aquel zapato casero de tela arriba y suela de goma de cámara de bicicleta u otra similar-. Cuando llovía, te ensopabas los pies y si hacia calor, llegabas con ellos soltando chispas. En el caso de mi hermana fue así al pie de la letra cuando un día, recibiendo lecciones de preparación militar inicial, se vio obligada a saltar sobre el fuego. ¡Ya podrán imaginar la suerte que corrieron sus flamantes zapatos, y peor aún, el daño a sus extremidades más cercanas al suelo!
Las de veces que corrí a lavar con mi preciado jabón de sosa y coco y después de restregarlo dos veces contra la ropa, me quedé con solo un trozo de palo entre las manos, por lo que al igual que muchos, nos convertimos en químicos improvisados para proveernos nosotros de tan preciado bien. No fueron pocas las ocasiones en que mi mamá regresaba del trabajo mostrándonos aquel tesoro de virutas de madera salidas de los tornos, virutas que desencadenaban una batalla campal entre colegas de labor pues todas esgrimían el derecho de propiedad; sin embargo, nuestro nonó no entendía de estas cosas y se quedaba allí mirándonos como quien dice: si no me echan aserrín no trabajo.
Podría estar por horas hablando del tema pero corro el riesgo de aburrirlos; al fin y al cabo, todo baracoeso tiene su historia de aquellos largos días y de seguro más interesantes que las mías. De cualquier manera me siento orgullosa de ser una de esas cubanas que puede hablar del antes del Período Especial y del después.
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Pero en todo caso las botellas me cogían a mí, quizás por lástima. Recuerdo que mi récord personal es de 33 objetos rodantes (algunos no bien identificados) para llegar desde Santiago de Cuba hasta Baracoa, entre ellos una yunta de bueyes y el carro de San Fernando (una veces a pie y otra caminando para el que no lo identifique) en un tramo bastante largo y empinado de La Farola. No sé si clasifica para los Guinness, pero no me negarán que es una buena marca.
Siguiendo con las anécdotas de las botellas, la más triste que recuerdo es la de aquel fin de semana en que salí jueves al mediodía de la universidad para Baracoa con la esperanza de una visita relámpago a la casa para retornar el domingo. El periplo carretera central-autopista-entrada del Cristo-La Maya lo hice en el tiempo récord de unas cuatro o cinco horas, así que esa tarde me sentía feliz con la esperanza de que con un poco de suerte al día siguiente podría abrazar a mis padres… ivana esperanza! Después de más de 48 horas en que monté casa y campamento en la terminal de La Maya sin empatarme con nada que me diera un aventón más al oriente, el sábado por la noche tuve que convencerme de que había caído en desgracia ante el Dios de los Botelleros y resignarme a regresar a la Beca en una guagua que cargó con destino a Santiago de Cuba. Ese fue el viaje más agotador e inútil de toda mi vida; pero ahora que lo recuerdo, por suerte, solo me provoca risa. No estoy segura de cuántas horas seguidas dormí cuando me reencontré con mi cama de Quintero, pero quienes me conocen podrán adivinar que no fueron pocas.