La Baracoesa

Historia, cultura, tradición y modo de vida en la más antigua de las ciudades cubanas

El regreso

Febrero 18, 2012 por Arelis

¡Volver! Después de tanto tiempo de ausencia es como regresar a casa. Durante más de un año he estado lejos de mis amigos. Y la nostalgia ha sido como un bicho que pica fuerte a ratos y después deja en el pecho un ardor persistente. Pero lo más difícil ha sido tragarme las palabras, ahogarme con ellas, sentirlas bullir en mi interior hasta marearme. Ellas tienen vida propia y no se conforman con la existencia estrecha que les reserva mi voz. Quieren salir a recorrer el mundo, a encontrarse con otras personas, a construir ese universo que no puede enmarcar un espacio físico, geográfico, cultural o histórico por sí solos porque es mucho más que eso: es gente. Gente baracoesa. Moléculas dispersas por el mundo que forman parte de un conglomerado indivisible y atemporal: mi tierra, mi gente.

Llueve afuera. Es un buen día para volver. La lluvia aquí forma parte inseparable de esa mística que nos hace distintos. Es una lluvia pausada, casi triste. A mí me recuerda que con frecuencia llueve así en La Farola. Esa imagen me ha acompañado siempre en cada regreso. Verde y agua llenan mi alma después de cualquier involuntaria separación. Solo cuando los tengo me siento otra vez en mi medio natural. Ya después solo me falta el azul… un azul innombrable con olor a sal.

Mis palabras quieren salir a volar y las dejo ir. Quieren encontrarse con ustedes, contar historias, despertar emociones, revivir momentos… Quieren aletear libres de las mundanas ataduras que les imponen la premura del tiempo, las trampas de la tecnología, las rutinas cotidianas…

Vayan pues. ¡Enhorabuena!

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Aché pa´ la gente con caché

Octubre 21, 2010 por Arelis

Quienes ya no viven en Baracoa no los conocen. Pero si supieran de su música, de seguro disfrutarían tanto como lo hice yo en el concierto del trío Caché y sus invitados del grupo Reciclaje. Música para pensar y deleitar los sentidos. Después de llegar a casa, exhausta y aún excitada por el susto de sentirme pillada en mis más profundos pensamientos ¿o sentimientos?, escribí de un tirón esta crónica.

Aché pa´la gente con caché

El flautista de Hameling nos regaló un concierto. Se hizo acompañar por gente con caché y algunos invitados, quizás salidos de algún extraño proceso de Reciclaje. Es gente común y corriente, cuerdos y dementes…porque en verdad nadie se salva de tirarles piedras al sol.

Fue una hora intensa; el trovador retrasando la prisa del sueño, el cansancio del día, los problemas que quedaron en casa…; y el corazón destrozando camisas. Es bueno saber que todavía quedan idealistas que (no) cuelgan los guantes y por un instante sentir que hoy el tiempo se detiene a suspirar.

Anoche el escenario me pareció pequeño para contenerlos. Por eso no me asombra ahora encontrarlos en cualquier esquina. Y van los dos, la guitarra y el verso. Me muestran que hay otro camino, así que no me asusta si hoy comienza un día más, más difícil, más fugaz. Si los sentimientos han dejado huellas del tiempo que compartimos quedan los silencios, pero también quedan las promesas.

Quizás a mí solo me importa el sentimiento, pero no puedo cerrar los ojos si van los dos, el artista y su gente, con la intención de cambiar el presente.

El flautista de Hameling no se conforma con soñar. Me tiende la mano y me convida a caminar. Entonces suelto lastre y me desprendo de mis  miedos. Y el mañana, que me espere donde está.

Nota: Las cursivas son un préstamo del autor de los bellos textos que nos regaló Caché, Serguéi Frómeta Silvente.

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Feligreses del tsunami

Julio 23, 2010 por Arelis

En una vivienda de aspecto modesto, a orillas del río y en medio de abundante vegetación y humedad, una mujer de mediana edad intenta convencer a su joven vecina de visitar la “casa culto”.  Así llaman en Baracoa, y quizás en toda Cuba, a ese espacio que se abre en muchos hogares para acoger a los vecinos del barrio que acuden en busca de Dios, o quizás para encontrarse a sí mismos. Ante una observación de la no iniciada su aveza compañera le ilustró con naturalidad rayana en la ingenuidad: “los que vienen al culto hoy son los del tsunami; los que vinieron ayer son los del terremoto”.

En Baracoa no hace falta decir más para hacerse entender. La cifra de feligreses se ha incrementado exponencialmente desde el pasado 12 de enero. Ya hablé antes en estas mismas páginas de sentimientos como el miedo y la esperanza. Y de su relación con la Iglesia y su Señor.

No quiero volver sobre el tema. No con mi propia voz. Pero sí compartir las reflexiones de un excelente escritor, mi buen amigo Richard López. Fue él quien me contó esta historia que, les aseguro, es absolutamente real. Se le quedó en el tintero cuando exprimió su alma para desandar ese camino trillado y espinoso que conduce a Dios. Como no quise que quedara fuera la traje a ustedes como prólogo de invocación.

Para subir al cielo (Por Richard López)

Para subir al cielo se necesitan tantas cosas que uno se pregunta si algún día será tan leve como para posar el cuerpo en las nubes.

La creencia inveterada de que solo los buenos van a la gloria genera una persecución de ideal nada desdeñable, pero, a la vez, preguntarse en qué bando se está y quedar conforme al saberlo puede resultar confuso o embarazoso.

Hoy es universal la aceptación de muchos de que el bien y el mal donde mejor se desligan es en reino de Dios, que nada ni nadie como el Señor puede entender las cosas del imperfecto mundo terrenal, perdonar lo pecaminoso, redimir y saber las almas, las poquísimas almas que, según la Biblia, acompañarán al todopoderoso en el viaje al Edén.

Un proceso tan arduo quizás demande, como en la canción, dos escaleras. La grande para esforzados que creen en la virtud y saben que la vida es una constante escarpada; la chica para perezosos que prefieren caminos cortos y planos por considerarlos más provechosos. En todo caso, pertenecer a una iglesia respalda la elección.

De momento parece no haber más refugio que los templos para estar protegidos de la maldad, o en vías de lograrlo; pedir y esperar que el milagro salve de reales y posibles fatalidades; merecer librarse de enfermedades, físicas o espirituales.

Ahora recuerdo aquello de que el amor florece en tiempos de peste. Pero, si en verdad pueda que en épocas turbias crezca el afecto hacia quienes queremos o buscamos nos quieran, el “amor” de cientos y miles de nuevos feligreses que se acercan a las casas de Dios en toda Cuba nace de la curiosidad y el vacío del “voy a ver qué pasa”.

Hoy la Iglesia como institución aprovecha muy bien la necesidad de la gente de asirse a algo cuando no encuentra a qué en su casa, su familia y su realidad para hallar la paz que a veces comienza a negarse uno mismo.

Así debió ser siempre, como cuando yo asistí a la Iglesia Parroquial de Baracoa hasta que mis padres dejaron de ir, no por falta de fe, sino porque la presencia en el templo afectaría la imagen de mi madre en su centro de trabajo, y la de sus hijos en la escuela. Si actualmente yo fuera adonde entonces iba, al menos estaría en un camino labrado a conciencia limpia. Para mí, la falta de experiencia vital es la que convierte a muchos llamados seguidores de Dios en falsos y oportunistas.

No creo sean mis ideas diatriba contra nada. No lo pretendo. Confieso que creo en Dios, aunque a mi manera, sin devoción, sin la esclavitud del ritual de acudir a un santuario para adorar, recibir predicaciones, purificarme y sentirme fiel.

Confieso además que desconfío de todo lo que ate por decreto, porque mutila la libertad necesaria para, entre otras cosas, mostrarnos tal cual  somos, ya sea preguntándonos si confiar en la justicia de Dios, o si lidiar solos, y cómo, cuando el diablo nos remueve el cuerpo.

Asuntos como esos son a diario disyuntiva en millones de personas. Como se responda ayuda a abrir o cerrar la puerta y el camino a la gloria. ¿Tan simple y complicado es?

Yo creo que para subir al cielo solo hace falta saber que existe. Desearlo está en cada cual.

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De Baracoa, el Período Especial y los recuerdos…

Julio 20, 2010 por Arelis

Mis recuerdos del Período Especial no están asociados a Baracoa. No al menos de forma directa. Viví aquellos intensos y difíciles años en Santiago de Cuba. Solo cada 45 días aproximadamente emprendía la odisea que me permitía –a veces- retornar a casa –casi siempre por unas pocas horas-. Les juro que las historias de mis aventuras “botellescas” no cabrían en estas líneas si me propusiera martirizarlos o hacerlos reír hasta el delirio. Declaro, solemnemente también, que en nada desmerecen las del héroe griego, ni en cantidad, ni en intensidad, ni en duración, ni siquiera en fabulismo.

Para los que no se conforman con meras palabras y demandan vivencias concretas les dejo aquí la sinopsis de dos capítulos de la novela de caballería “Cien meses de Período Especial (o casi)” que pienso escribir algún día y en la que Baracoa será Mi-condo. Alguien podría creer más apropiado para estos tiempos una novela de aventuras al estilo de Salgari, Julio Verne o incluso el espacio homónimo de la televisión cubana; pero me parece que el retorno forzado al Medioevo, con sus coches tirados por caballos y sus yuntas de bueyes apropiadas lo mismo para arar la tierra que para trasladarse de un lugar a otro, se aviene mejor al estilo cervantino.

Yo no sé si aprendí a coger botella porque dicen que lo que bien se aprende no se olvida y la verdad es que la botella a mí no me va. Pero en todo caso las botellas me cogían a mí, quizás por lástima. Recuerdo que mi récord  personal  es de 33 objetos rodantes (algunos no bien identificados) para llegar desde santiago de Cuba hasta Baracoa, entre ellos una yunta de bueyes y el carro de San Fernando (unas veces a pie y otras caminando, para el que no lo identifique) en un tramo bastante largo y empinado de La Farola. No sé si clasifica para los Guinness, pero no me negarán que es una buena marca.

Siguiendo con las anécdotas de las botellas, la más triste que recuerdo es la de aquel fin de semana que salí jueves al mediodía de la Universidad para Baracoa con la esperanza de una visita relámpago a casa para retornar el domingo. El periplo carretera central-autopista-entrada del Cristo-La Maya lo hice en el enviadiable tiempo de unas cuatro o cinco horas, así que al final de la tarde me sentía feliz y abrigaba la esperanza de que con un poco de suerte al día siguiente podría abrazar a mis padres… ¡vana esperanza! Después de más de 48 horas en que monté casa y campamento en la terminal de La Maya sin empatarme con nada que me diera un aventón más al oriente, el sábado por la noche tuve que convencerme de que había caído en desgracia ante el Dios de los Botelleros y resignarme a regresar a la beca en una guagua que cargó con destino a Santiago de Cuba. Ese ha sido el viaje más agotador e inútil de toda mi vida. No estoy segura de cuántas horas seguidas dormí cuando me reencontré con mi cama de Quintero, pero quienes me conocen podrán adivinar que no fueron pocas.

En cinco años de universidad solo vine a Baracoa 6 ó 7 veces por año y unas cuantas semanas en las vacaciones de verano. No sé como mi mamá se las arreglaba para poner una mesa bien provista; solo hoy alcanzo a imaginar su sacrificio y su celo por guardar “lo mejor” para “cuando llegara la niña”. Incluso la manteca de coco, gracias a su alquimia, perdía su sabor y olor característicos al punto de no ser reconocida por el avisado olfato de mis invitados. No estuve al tanto de las socorridas recetas a base de cepa de plátano ni otros “inventos” culinarios legendarios. Y si hoy conozco y disfruto la leche de coco en sus múltiples variantes no es reminiscencia de esa época, sino tradición familiar.

Por eso Baracoa y Período Especial no conjugan en mis recuerdos. Pero sí en los de muchos de mis coterráneos. Comparto otra vez este espacio de remembranza con mi amiga Maydelín Durán porque, como ella, creo que ignorar esta parte de nuestra memoria colectiva es desconocer la capacidad de resistencia que ha salvado a los cubanos en cada ocasión en que el mundo ha amenazado con desplomarse a sus pies. Sobrevivir esos años, en cuerpo y alma, es una prueba irrefutable de que vivir es sobre todo un acto de fe.

Período Especial a la baracoesa (por Maydelín Durán)

Período Especial. Son dos palabras que se han quedado grabadas en el cerebro de todos los cubanos. Es casi imposible imaginar como un día nos levantamos y la vida había cambiado de golpe. No pretendo hacer un estudio del caso, ni ahondar en las causas que lo provocaron, quiero sencillamente recordar mis vivencias personales que con el paso del tiempo uno tiende a minimizar, pero no por eso dejan de ser desgarradoras y a la vez fructíferas experiencias.

Baracoa sufrió el Período Especial en modo peculiar: la posición geográfica que le ha permitido ser un paraíso paisajístico y sus emblemáticos cocoteros, nos salvaron literalmente la vida. Nunca como en aquel momento comprendi en todo su significado por qué al cocotero lo llaman el árbol de los cien usos.

En aquellos años 90 el aire de la ciudad se impregnó de los olores de la grasa recién frita y la leña. Aquel aroma lo expelíamos por todas partes, salía de los poros, del cabello, de la ropa… Fue la marca peculiar de los baracoesos en la crisis: tienes sarna, échate manteca de coco; no tienes grasa para el pelo, échate manteca de coco; no hay jabón,  báñate con jabón de requesón de manteca de coco; vas a cocinar, ve a comprar una botella de manteca de coco.

La noticia más importante en Baracoa entonces no tenía nada que ver con lo que estuviese sucediendo en el mundo, ni en el país; ni siquiera nos hubiéramos alarmado ante una alerta de tsunami. Al caminar por la ciudad, sentarse en una esquina, intercambiar un comentario, la única cosa que adquiría forma, el único argumento de una conversación era la cotizacion de la manteca de coco en nuestra peculiar bolsa de valores: la manteca subió, la manteca bajó, ayer freí, fulano tiene pero la vende a tanto, cambié una botella por dos libras de arroz que trajeron unas gentes de Bayamo. Estos eran nuestros titulares.

Debo confesar que descubrí maravillosos platos. El pescado con leche de coco (¡claro, lo del pescado!) llegó gracias a Rafael, más conocido por Jeep, apodo que se ganó al venir al mundo en unos de esos carros en una desenfrenada carrera desde Navas a Baracoa, o al pueblo, como la llaman nuestros coterráneos más alejados de la ciudad. Rafael pescaba y gracias a él, de cuando en vez (más de cuaaando que en vez) podíamos permitirnos aquel lujo.

También sabía a gloria el cangrejo con leche de coco, unos animalitos que veíamos aumentar de valor y disminuir en tamaño por los efectos de la crisis, de la que ellos salieron peor parados que nosotros. Recuerdo que Yerson no dejó cuevas sanas a fuerza de poner trampas, y al parecer esperaba un milagro de Dios al armarlas todos los días en los mismos sitios, como si el solo hecho de la existencia del hueco en tierra los ayudara a reproducirse.

Descubrí la sopa de espinaca, el arroz con espinaca, la ensalada de espinaca, el compuesto de espinaca, verdura que mi madre a fuerza de comer casi todos los días la convirtió en una espinacofobica. Cuando unos años después, antes de someterla a una operación y comprobar que tenía anemia, le aconsejaron comerla para subir la hemoglobina, se negó rotundamente y se mantuvo en sus trece.

Con el Período Especial nos quitamos también un problema que pendía sobre nosotros por largos años, aquella mata de mangos seda en el patio, detrás de la casa. No olvido las regañinas de mi papá con los muchachos del barrio que les tiraban piedras, o las veces que se molestaba cuando descubría que los tumbábamos verdes, o cuando encontraba a Dimitro y a Yerson haciendo estragos en las alturas. Pues bien, en aquel período no fue así cuando un día nos levantamos y descubrimos que se los habían llevado todos apenas recién nacidos, dejándonos solamente la brillantez de sus verdes y alargadas hojas. Mi papá como es de suponer se molestó muchísimo; pero fue una sola vez, para beneplácito de todos.

No pueden quedar fuera de esta historia los colchones de mi abuela, forrados todos con colchas de trapear que una a una fueron desapareciendo para ayudarnos en la limpieza cotidiana y que aún hoy no sé con qué las sustituyó, y mejor no averiguo. Tampoco las caminatas a Yara, en pleno agosto, a casa de Minita, para recoger tomates todo el día y volver a la casa pagados en especie; casi siempre una lata grande, de las que se conocen aquí como de gas, llena de frijol caballero, aunque contaba también la vaina.

¿Cómo olvidar aquella ropa íntima hecha de lo que apareciera que nos mordía la ingle con sus elásticos de preservativos? Mención honorífica merecen los chupamiao que ahora muchos niegan haber usado -el chupamiao era aquel zapato casero de tela arriba y suela de goma de cámara de bicicleta u otra similar-. Cuando llovía, te ensopabas los pies y si hacia calor, llegabas con ellos soltando chispas. En el caso de mi hermana fue así al pie de la letra cuando un día, recibiendo lecciones de preparación militar inicial, se vio obligada a saltar sobre el fuego. ¡Ya podrán imaginar la suerte que corrieron sus flamantes zapatos, y peor aún, el daño a sus extremidades más cercanas al suelo!

Las de veces que corrí a lavar con mi preciado jabón de sosa y coco y después de restregarlo dos veces contra la ropa, me quedé con solo un trozo de palo entre las manos, por lo que al igual que muchos, nos convertimos en químicos improvisados para proveernos nosotros de tan preciado bien. No fueron pocas las ocasiones en que mi mamá regresaba del trabajo mostrándonos aquel tesoro de virutas de madera salidas de los tornos, virutas que desencadenaban una batalla campal entre colegas de labor pues todas esgrimían el derecho de propiedad; sin embargo, nuestro nonó no entendía de estas cosas y se quedaba allí mirándonos como quien dice: si no me echan aserrín no trabajo.

Podría estar por horas hablando del tema pero corro el riesgo de aburrirlos; al fin y al cabo, todo baracoeso tiene su historia de aquellos largos días y de seguro más interesantes que las mías. De cualquier manera me siento orgullosa de ser una de esas cubanas que puede hablar del antes del Período Especial y del después.

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Pero en todo caso las botellas me cogían a mí, quizás por lástima. Recuerdo que mi récord personal es de 33 objetos rodantes (algunos no bien identificados) para llegar desde Santiago de Cuba hasta Baracoa, entre ellos una yunta de bueyes y el carro de San Fernando (una veces a pie y otra caminando para el que no lo identifique) en un tramo bastante largo y empinado de La Farola. No sé si clasifica para los Guinness, pero no me negarán que es una buena marca.

Siguiendo con las anécdotas de las botellas, la más triste que recuerdo es la de aquel fin de semana en que salí jueves al mediodía de la universidad para Baracoa con la esperanza de una visita relámpago a la casa para retornar el domingo. El periplo carretera central-autopista-entrada del Cristo-La Maya lo hice en el tiempo récord de unas cuatro o cinco horas, así que esa tarde me sentía feliz con la esperanza de que con un poco de suerte al día siguiente podría abrazar a mis padres… ivana esperanza! Después de más de 48 horas en que monté casa y campamento en la terminal de La Maya sin empatarme con nada que me diera un aventón más al oriente, el sábado por la noche tuve que convencerme de que había caído en desgracia ante el Dios de los Botelleros y resignarme a regresar a la Beca en una guagua que cargó con destino a Santiago de Cuba. Ese fue el viaje más agotador e inútil de toda mi vida; pero ahora que lo recuerdo, por suerte, solo me provoca risa. No estoy segura de cuántas horas seguidas dormí cuando me reencontré con mi cama de Quintero, pero quienes me conocen podrán adivinar que no fueron pocas.

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Ni después ni más allá

Junio 16, 2010 por Arelis

¿Qué ha pasado en Baracoa en estos dos meses? Nada. Por fortuna. Ni temblores de tierra, ni alertas de tsunami, ni penetraciones del mar… Aunque la amenaza sigue latente y la gente no olvida. En el último ejercicio meteoro ensayamos en los barrios y centros de trabajo cómo actuar ante la ocurrencia de un sismo, e incluso cómo prepararnos desde antes. Yo acabo de reparar una mochila para reunir y tener a mano los avituallamientos imprescindibles por si una eventualidad nos obliga a abandonar apresuradamente el hogar. Conozco de muchas otras personas que han tomado igual previsión.

Mientras redacto estas líneas recuerdo noticias recientes sobre temblores de tierra perceptibles en Guantánamo, Santiago de Cuba, Granma, Caimanera…, rememoro fragmentos de un programa informativo de la televisora local sobre la posibilidad de terremotos y tsunamis en la región y escucho a la gente repetir las palabras de Rubiera: esta será una temporada ciclónica muy activa… o la predicción del fin del mundo en el 2012 según un documental transmitido por el espacio Pasaje a lo desconocido, de la televisión nacional, o las secuencias de un filme norteamericano que todos han visto ya.

No hay referencias alentadoras. Alguna gente que salió del Malecón ya no quiere regresar. Los que aún viven a orillas del mar miran con recelo el horizonte al menor presagio de tormenta.

Pero no es del todo cierto afirmar que no está pasando nada en Baracoa. En tiempos de crisis la gente se aferra a la religión como una tabla de salvación. La iglesia cristiana protestante está haciendo en estos tiempos una buena cosecha de peces en las aguas revueltas de la confusión  y el miedo. En dos aulas de secundaria a las que asisten mis hijas mayores, sobran los dedos de la mano para contar los adolescentes que todavía no abrazan el mensaje bíblico. Escenas de paroxismo religioso colectivo y ardientes campañas de sanidad y proselitismo son frecuentes hoy en día. Jóvenes y adultos con educación y cultura católicas reniegan abruptamente de sus antiguas creencias, considerada ahora demoníacas. El fin del mundo se acerca. Los más respetuosos o conocedores de la Palabra de Dios no se permiten la tentación de predecir fecha exacta, pero coinciden con los nuevos –y falsos- profetas del apocalipsis, en que ya son visibles las señales.

Considero oportuno el momento de confesar que creo en Dios. Soy católica por tradición cultural familiar, aunque ahora mi casta reniegue de los santos y me considere hereje. No soy practicante ortodoxa, e incluso mis propias creencias son bastante heterodoxas, pero aún así he vivido en piel propia el sectarismo, el extremismo y la intransigencia religiosas tan en boga en estos tiempos. Dios es la puerta de la esperanza y algunos quieren asegurar el tique de entrada a costa de monopolizar el derecho anticipado de reservación.

A pesar de todo, la vida pasa. Sin cambios sustanciales a la vista, sin mejoras importantes que esperar. El costo de la vida sigue subiendo, los frijoles volvieron a desaparecer, los chícharos y el arroz solo se dejan ver a ratos, el azúcar por mucho que se estire no llega con aliento a fines de mes y la sal hace su mejor esfuerzo para sobrevivir tres meses de angustiosa espera hasta la próxima cuota normada. Sin embargo, milagrosamente, la sonrisa de mis hijas me sostiene en pie, el trabajo mantiene mis neuronas ocupadas y mi espíritu en vilo, los sueños siguen ahí, esperando el mejor momento para tomar su lugar.

Siempre existe un después y un más allá. Yo escogí el mío. Está aquí. Y aunque desde afuera pueda parecer negro o gris, yo les aseguro que es verde. Como mi color preferido. Como la esperanza que me alienta.

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El paso del tiempo

Junio 11, 2010 por Arelis

Quisiera creer que me han extrañado. Me gustaría pensar que tanto como yo a ustedes. Sé que suena engreído, pero confío en la indulgencia de la amistad y la complicidad compartida. Dos meses de silencio no resisten pretextos. Tampoco pueden enmendarse. Así que renuncié de antemano a ambas ilusiones. Aunque no sería justa conmigo, ni con ustedes, si no anticipo que mi actual estado de incomunicación mediática –mediada por la tecnología-, pone cotas a la fluidez de este diálogo. Aún en el futuro. Pero les confieso, sinceramente, que dentro de mí esta conversación no se interrumpe nunca. Todo lo que mis ojos acarician día a día, lo que mis sentidos degustan a cada paso, las ideas a veces revueltas o confusas donde se mezclan retazos de pasado, filones de presente y resquicios de futuro en esa amalgama de sueños que siempre será Baracoa, se convierten, aún sin proponérmelo, en confesiones que de inmediato siento la necesidad de compartir con ustedes. Si no siempre se convierten en palabras no es por falta de deseos. Así que si me ven callada, incluso por largos días, por favor, perdónenme.

¿De qué pudiera hablarles después de tanto tiempo? Quizás precisamente de eso… del paso del tiempo. NO sé si lejos de Baracoa el tiempo se mide igual. No me he alejado más allá de mil kilómetros –solo una vez hace tanto que la memoria se resiste a establecer referencias confiables-. Pero mi experiencia personal me dice que después de pasar los lindes de Baracoa el tiempo comienza a fluir de manera diferente. Puede ser más libre, o más agitado, más cómodo, más ajustado a las necesidades materiales de la gente; pero no se amolda bien al espíritu. No al mío. Cada vez que atravieso La Farola para regresar a casa mi corazón acomoda sus latidos al ritmo que he escogido para vivir.

En eso he pensado mucho desde que hace unos días alguien me propuso, con la mejor de las intenciones, mudar de domicilio. Razones de discernimiento no faltan: mejores condiciones de vida, mayores posibilidades de realización profesional, nuevas horizontes para mis hijas… las mismas que han alentado a miles de baracoesos hoy desperdigados  por toda Cuba y el mundo, esas que hacen que muchos de los jóvenes que salen a estudiar fuera del terruño decidan no regresar. Nada desdeñable o criticable hay en ellas, pero creo que a mí no me sirven. Y a mis hijas… ¡ya tendrán ellas tiempo de tomar sus propias decisiones!,  ¡no seré yo quien se las imponga! Además, alguien debe quedar aquí para guardar los tesoros que nadie sabe apreciar tan bien como el que ya no los tiene consigo

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El sabor y el color del abril baracoeso

Abril 9, 2010 por Arelis

No se habla de otra cosa. En realidad casi no se hace otra cosa. Mis hijas, hasta la más pequeña que solo tiene cuatro años, hacen planes y tejen ilusiones. Desde hace más de un mes las perchas y los catres se han adueñado de las calles de Baracoa. En el malecón los aparatos dan vueltas que hacen brincar al estómago y gritar a los bolsillos. La gente se amontona en cualquier lugar y con cualquier pretexto. Es tiempo de carnavales.

La palabra escrita en presente es para mí augurio de preocupaciones. Pero conjugada en pasado evoca días y noches de ininterrumpida parranda. Y aunque ahora el día no tenga para mí cien horas seguidas, la música estridente haya dejado de ser un toque de corneta llamado a degüello y mi reloj biológico no deje de contar con insistencia las horas para el retorno de la normalidad a casa, no puedo dejar de hacer justicia a la juerga consagrada en solaz esparcimiento de multitudes.

Baracoa respira carnaval. Ajena a la ola catártica de las fiestas populares, negada al bullicio y el desorden consustanciales al jolgorio de pueblo, abocada al estrés galopante de la cobertura periodística a la camaleónica programación festiva, no soy yo la persona indicada para hablar de un acontecimiento que trastoca por estos días la vida de casi todos los baracoenses.

Lo dejo a la pluma de mi amiga Maydelín Durán Rodríguez que con absoluta certeza sé que llora desde su ausencia la negación física de una nueva experiencia mientras su mente se pierde ahora mismo en la habitación luminosa y bullanguera donde guarda los recuerdos de los carnavales de su infancia y su juventud temprana.

Febrero es un mes de carnavales

Febrero es un mes de carnavales, al menos en muchas partes del mundo. El carnaval de Río con su fama de zamba, baterías y mulatas de cinturas cadenciosas. También en Italia, donde no es menos glamoroso el de Venecia convertido en todo un mito por la venta de sus celebres máscaras que, como se diría en buen cubano, te cuestan un ojo y la mitad del otro. Los dulces típicos de estas celebraciones, luces, coreografías, carrozas… Pero no logro identificarme, o quizá la palabra exacta sería integrarme, a un carnaval que para mí resulta extraño, ajeno. Será también por el hecho de que en esta época del año el frío se te mete en los huesos embotándote los sentidos y no te deja pensar ni ver lo que tienes delante de tus ojos. No comprendo por qué razón se empeñan en realizarlos en un mes de crudo invierno.

Tengo otra definición de estos eventos, otra percepción, he vivido una realidad distinta. Para mí el carnaval es Cuba y, por supuesto, Baracoa, menos espectaculares, menos chic, pero profundamente cercanos en mi memoria y en mis sentimientos.En Baracoa el Primero de Abril, por lo menos en los tiempos de que escribo, tenía un doble significado. Por supuesto el desfile hasta Duaba para rememorar eventos históricos de nuestras guerras de independencia; y el otro, no menos importante, era la arrancada del carnaval.

Cuántas veces recorrimos las calles de nuestra ciudad a pesar del cansancio, los pisotones, el sudor que corría a chorros, un sol que nos freía más que calentarnos y un uniforme de la compañía de ceremonias de la escuela Wilber Galano. Todo era llevadero porque esa noche nos veríamos recompensados con el inicio del carnaval y, por supuesto, el mágico aguacero inaugural, que siempre ha sido puntual y no ha faltado a sus compromisos. En aquel entonces lo veía fastidioso, pero hoy, será porque me estoy poniendo vieja, lo miro como una bendición del cielo dando su consentimiento para las fiestas.Todo baracoeso sabe que un buen carnaval en nuestra ciudad no es tal si no viene acompañado de la lluvia.

Las canciones típicas y hechas casi a propósito para estas fiestas: la guacherna, lena, patacón pisao, nos bombardeaban desde las ondas de la radio o el carrito de la salá que paseaba nuestras calles invitándonos a seguirle. Todo se paralizaba, adquiría otra dimensión, nos apostábamos en la acera para ver las guaguas que arribaban de otras partes del país con su carga de músicos, aunque los espacios del Malecón eran reservados casi exclusivamente a los Karachis santiagueros que nos hacían verdaderamente divertirnos hasta el agotamiento con aquello de Sube, sube la temperatura, De Cabinda hasta Cunene y El reto, canciones obligadas de su repertorio.

Mi primer recuerdo del carnaval lo asocio al hecho de que mis padres, como personas jóvenes por aquellos años, sintiendo la necesidad de divertirse aunque fuera por una noche solos, nos dejaron a mi hermana y a mí en la casa de unas amistades suyas (mis apreciados Orlenys y Oneida); claro no sin antes engatusarnos con unos algodones de azúcar y un juego de yakis, que fácilmente se adquirían en cualquier catre de los que pululaban por todas partes. Pero esa noche, en mi cerebro de niña intranquila sonó una alarma que me despertó dando tremendo berrinche y pidiendo a gritos que me llevaran para los carnavales, por lo que se vieron obligados a reportarme a mis progenitores antes que sufrir en primer grado el ataque de una niña malcriada.

Recuerdo a mi prima Cholo, habitual de las carrozas con su remeneo de cintura, que nos indicaba el punto exacto donde pararnos para dejar caer sobre nosotros aquellos rollos de serpentinas que después exhibíamos como un bien supremo. Las míticas lides entre congas y comparsas, siempre vencidas por La Laguna con papaupa al frente. Los niños llorando ante la aparición de los muñecones, quizá demasiado grandes para sus mínimas mentes infantiles. Mi primo Fernando, victima de sus borracheras, que un día retornó a casa envuelto en una sábana donada por manos caritativas después de amanecer como su madre lo trajo al mundo gracias a la miseria humana que no reposa aún en tiempos de festejo. O el caso de Tony, víctima también del alcohol, pero que salió mejor parado pues solo perdió los zapatos; tal vez pensaron que le dolían los pies de tanto bailar y decidieron aliviarlo del sufrimiento.

Recuerdo tambien con mucho cariño aquella caravana de carros, apostada en la Plaza Cacique Hatuey de La Punta, que llegaban del campo para disfrutar como todo buen mortal y que cuando decidían partir, casi siempre por única decisión del chofer, los pobrecitos se veían obligados a correr para abordarlos por mucho que les pesara, pues no tenían otra forma de regresar a sus hogares, así que para ellos la fiesta terminaba más temprano. La repetida frase “la cerveza se picó en La Farola”, las colas para adquirirla aunque estuviera aguaaaaaaaaá, pero que nos sabía a gloria después de una buena sudada. Los borrachos o los locos que se divertían a muerte bailando solos y de los que nos reíamos sin comprender que disfrutaban mucho más que nosotros, aparentemente cuerdos. Las matinés con la Brigada 467, en las que nos desgañitábamos con aquello de dame lo tuyo, toma lo mío. La calle Juración con el grupo Guamá y Eloísa Durán. La orquesta Baracoa y el encaramao, me paso la vida encaramao, subido en el techo cogiendo goteras. El órgano oriental en el Turey. Y aunque parezca increíble, tengo impresa en la memoria a NG la banda en el área del MINCIN cuando eran unos perfectos desconocidos dispuestos a acudir a cualquier parte del país, una noche que mi hermana pasó bailando con un personaje indescriptible, solo porque le daba pena decirle que no, de lo que él por supuesto se aprovechó y la tuvo en jaque todo el tiempo.

Hoy el clímax de los carnavales en mi ciudad es el mítico Cándido Fabré, siempre disponible, dispuesto, acostumbrándonos a ver la salida del sol en el Malecón y la verdad es que el que no baile con él es porque está loco o no tiene zapatos. Pero cuando me vienen a la memoria estas fiestas, extrañamente no tarareo canciones suyas, sino aquello de le zumba la berenjena, que prendan, prendan el mechón, en mi casa la que manda es mi mujer, ¿qué hiciste abusadora, qué hiciste? Debe ser por aquello de que me estoy poniendo vieja y como dicen por ahí a cierta edad se comienza a vivir de los recuerdos. En fin, febrero podrá ser mes de carnavales en el mundo, pero para mí estos festejos tienen todo el color del abril baracoeso.

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Esencias y apariencias de un primero de abril

Abril 1, 2010 por Arelis

Acto por el Primero de Abril en Baracoa

Acto por el Primero de Abril en Baracoa

No puedo ir a la cama sin comentar las vivencias del día. Hoy no. No podría dormir tranquila. Mi cuerpo agotado después de 18 horas seguidas de trabajo me pide a gritos un descanso, pero mi mente intranquila repasa una y otra vez los sucesos de estas últimas horas y se niega al reposo sin antes compartirlos con quienes sé no han dejado de pensar este día desde sus recuerdos.

Esta madrugada llovió intensamente -¿qué primero de abril no llueve en Baracoa?-. Aún trabajaba en mi computadora cuando el cielo abrió sus compuertas para refrescar la tierra. Ni entonces ni después, cuando ya acostada escuchaba los rápidos y sonoros chorros deslizarse por los canales del techo y golpear sobre las persianas, tuve dudas de que de cualquier modo, el desfile se realizaría. No es la primera vez que sombrillas y paraguas recorren el trayecto hasta el Obelisco de Duaba.

Nada puedo contarles sobre la marcha, a no ser la descripción de imágenes tomadas por otros. Tampoco puedo pedir auxilio a mi memoria huérfana de tales aventuras. De niña vivía demasiado distante de la ciudad como para darme por enterada, después las becas me alejaron de casa por algún tiempo y cuando finalmente afinqué mis pies sobre el terruño mi misión de reportera me llevó siempre a llegar primero o resignarme a ver la gente pasar. A veces ni siquiera eso, condenada a imaginar desde mi estudio o mi computadora lo que otros sentían en piel propia. Nunca he formado parte de esa gran masa humana que camina junta, se ríe, hace chistes, suda, grita. Pero me he mirado en sus ojos. Y he sentido orgullo.

¿Qué es el Primero de Abril? Para el que mira desde afuera podría ser un acto patriótico más, masivo y rutinario; o el principio o el fin de festejos populares. A nosotros, sin embargo, la apariencia no nos basta para explicarlo.

Primero de Abril. Así, con mayúsculas. Baracoa no existe sin ese día en el almanaque. Desfile, peregrinación, carnavales, semana de la cultura, cerveza, música, fiesta, alegría. Aquí, es el momento saboreado de antemano, la excusa para celebrar aunque el dinero escasee, la cerveza esté perdida y su precio por las nubes, cambien a última hora la fecha de los carnavales… Un día como hoy nada, ¡absolutamente nada!, podría agriar el ánimo de un baracoeso. Si los carnavales son el próximo fin de semana… ¡mejor!, así se extienden más tiempo porque el fetecún ya empezó hoy ¿todavía alguien lo duda? Si no hay cerveza a granel, o embotellada de la que vale oro la onza, se va tirando con ron, industrial o en su variante criolla. Y ya tenemos a mano el pretexto perfecto para sacar a la calle los equipos de audio para bombardear música, pero si no hay suficiente bulla y sandunga basta solo esperar en la esquina el paso arrollador de la conga: ¡Oye, de La Laguna soy yo! ¡Y que se tire el guapo! Puede que hasta tengamos la suerte de contemplar la contagiosa rivalidad de los establecidos bandos de La Punta o La Laguna, o el pugilato naciente con grupos más jóvenes como el de La Reforma.

Primero de Abril. En Baracoa, fecha santa. Nadie que sea baracoeso intentaría explicarlo. Basta sentirlo. Vivirlo.

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Un nuevo susto

Marzo 22, 2010 por Arelis

Esta vez sí lo sentí. La sacudida fue tan fuerte que instintivamente me sujeté de la mesa frente a mí para no caer. Pero quizás por la conmoción o por la falta de hábito no hice lo que tantas veces he escuchado o dicho que se debe hacer en estos casos. Simplemente esperé. En honor a la verdad creo que en cierto modo buscaba la confirmación a mi sospecha sin la certeza absoluta de que estaba viviendo un temblor de tierra. El sonido del teléfono me sacó de mi estupor. Una de mis hijas me preguntaba asustada -¿qué está pasando? La contingencia me sorprendió nuevamente alejada del resto de la familia: Ellos, en casa; yo, en el trabajo. Ya para entonces no tenía dudas y le contesté con la mayor serenidad que pude imprimirle a mi voz: -es un temblor, no te asustes. Voy para allá.

Mientras me dirigía al frente para salir a la calle no podía apartar de mi mente las imágenes recurrentes de olas gigantescas arrasando la ciudad. No pensaba en derrumbes o cualquier otra secuela asociada usualmente a los terremotos. Instintivamente me sentía protegida de tales efectos al presuponer la ubicación de su epicentro en algún punto alejado al sur, pero la experiencia de la carrera agónica del 12 de enero es demasiado vívida todavía como para no desatar los resortes inconscientes del miedo ante cualquier evento de magnitud o apariencia similar.

Como cabía esperar muchos otros baracoenses estaban viviendo y sintiendo lo mismo que yo. Mirar en derredor, donde todo permanecía en pie, no fue más alentador. La gente salía en desbandada de sus casas, deambulaba con rumbo errático por las calles o se asomaba recelosa a las entrecalles y miraba nerviosa hacia el mar. Unos gritaban, otros corrían y hasta los que intentaban llamar a la calma eran delatados por una pizca de temor en sus pupilas, más dilatadas de lo normal. Cundía el pánico. Por un momento me creí transportada dos meses atrás y hasta pensé que de un momento a otro todos empezarían a correr hacia las lomas.

Pero poco a poco la calma se impuso. Después de dejar orientaciones a un colega para el tratamiento informativo del suceso me dirigí hacia mi casa desde donde, teléfono y computadora a mano, tendría mejores oportunidades de averiguar qué había sucedido e iniciar la extenuante pero reconstituyente misión de parir la noticia. Lo hacía con la prisa que ameritaba el momento y sin desviarme de rumbo a lo largo de la céntrica calle Martí, pero al llegar a la esquina de la Clínica Internacional avisté la parte trasera de un coche que transitaba por una arteria paralela, Flor Crombet, rumbo a Cabacú. Como no tuve tiempo de abordarlo decidí adelantarme para tratar de interceptarlo cuando se incorporara a la calle principal en la esquina de La Funeraria. Como sabía de antemano, mi carrera provocó cierta alarma y confusión entre los transeúntes y las personas que permanecían en los portales sin atreverse todavía a entrar a las casas. Algunos me decían, en broma o tratando de calmarme, que no pasaba nada y otros me preguntaban angustiados qué sucedía. En principio traté de explicarles sin detener la marcha, pero muy pronto me di cuenta que era imposible satisfacer a todos así que opté por continuar mi maratón al mismo tiempo que sonreía a diestra y siniestra intentando trasmitir el mensaje de que no estaba ni angustiada, ni asustada, ni nerviosa y confiando en que cada quien supusiera que los motivos de mi premura nada tenían que ver con el movimiento telúrico de un rato antes.

Ya en casa mis hijas ansiosas no me dejaron empezar a trabajar hasta escuchar sus historias. Una dice que nunca antes se levantó tan rápido de la cama como cuando sintió que todo se movía a su alrededor y en escasos segundos estuvo en medio de la sala sin plena conciencia de haberse desplazado por sus propios medios. Su gemela, sentada frente a la computadora, cuenta que se volteó al creer que la hermana la sacudía desde atrás, y al percatarse de lo que en realidad sucedía corrió al lado de la más pequeña que miraba tranquilamente la televisión sin darse por enterada de lo que acontecía en derredor. Mi esposo despertó zarandeado por una fuerza anómala y su primer impulso fue mirar debajo de la cama donde esperaba encontrar a la traviesa Dánae en medio de un inusual juego.

Como éstas, muchas otras anécdotas fueron tejiendo la tarde y los días siguientes. Llenan nuevas páginas de lo que yo llamaría el Diario de Contingencia que se escribe en Baracoa en los últimos tiempos. Desde que oí en la esquina Juración a un coterráneo afirmar convencido: ¡ahora sí creo que se nos estás acabando el tiempo! hasta que unas horas después vi de nuevo reír a la gente, divertirse a costa del susto, apenas hubo transición. Ni creo que la habrá. Ahora mismo aquí igual se habla del fin del mundo en el 2012 o de la posibilidad de ocurrencia de tsunamis, penetraciones del mar y toda clase de desastres, que se hace chanzas a costa del imprevisible comportamiento humano cuando el peligro asecha.

Deben ser previsores -me aconsejó una amiga al saber del reciente suceso-, estén preparados porque todo indica que las cosas pueden empeorar. No sé a ciencia cierta si pensaba en el cambio climático, las predicciones apocalípticas de moda o la real vulnerabilidad del territorio ante eventos naturales diversos. Pero en cualquier caso tiene razón. Estar preparados es la única manera inteligente de responder a las embestidas cada vez más frecuentes de la madre tierra. Eso e interpretar sus señales para escuchar el llamado a retomar el camino perdido por la soberbia humana. Reencontrarnos con la naturaleza es volver a encontrarnos a nosotros mismos, aunque muchos lo hayan olvidado y otros apenas se percaten en medio de tantos sustos y sobresaltos.

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Una tarde en el Ranchón del kiribá y el nengón

Marzo 11, 2010 por Arelis

La Fiesta del nengón y el kiribá es una tradición centenaria en Baracoa

Trepando y bajando lomas una y otra vez por un camino de asfalto que atraviesa pintorescos parajes pintados de profusa vegetación y salpicados de cacaotales, se llega a la  comunidad del Güirito.

Después de dejar atrás más de una docena de kilómetros desde la ciudad de Baracoa, las señales se suceden inequívocas. Como si no bastara la valla de identificación que señala la ruta precisa, el aire se llena de aromas inconfundibles y los primeros acordes del tres llaman al convite.

El Ranchón del Kiribá y el Nengón acoge a sus invitados con hospitalidad baracoesa. Lo mismo encuentras aquí a los vecinos reunidos, desde niños hasta ancianos, que a turistas, curiosos o investigadores de la cultura nacional. Para todos hay cobija, comida, bebida y música sin escatimar.

Igual que ya se hacía en estas mismas tierras durante las guerras de independencia del siglo XIX, el nengón da apertura a la fiesta. Cuartetas y décimas fluyen entre estribillos al tiempo que las parejas bailan en círculos el ritmo lento.

Después llega el kiribá, rápido y alegre. Ahora los músicos alternan versos y estribillos y los bailadores se dispersan y dan soltura a sus movimientos.

No es difícil ver en el sencillo y repetitivo paso coreográfico el calco de los andares apilando y recogiendo granos de café y de cacao en los secaderos. Y es que la fiesta del kiribá y el nengón es más que música, baile y canto. Es síntesis y expresión de identidad local en sus múltiples manifestaciones.

No hay más que mirar en derredor. Aquí, los más exquisitos y peculiares  platos de la cocina tradicional sonsacan los paladares; por allá el machito da vueltas en la púa en impúdica invitación a la gula; apartados, algunos prefieren cantar zapateros y capicúas o aplacar la sed con un trago de aguardiente; y en el centro hay quienes echan un pie mientras otros, cansados o tímidos, observan y disfrutan el desarrollo del acontecimiento social.

No han podido las olas uniformadoras de estos tiempos secar en el Güirito la savia de la tradición. Octogenarios como los hermanos Donatila y Antonio aseguran su relevo en los pequeños kiribasitos para que no mueran con ellos las costumbres heredadas de sus padres y sus abuelos.

Portadores de las células rítmicas primigenias del son cubano, testimonio vivo del nacimiento del tres en esta región del país al decir de investigadores y musicólogos como  Efraín Amador, Sindo Garay y Helio Orovio,, el kiribá y el nengón tienen refugio seguro en las serranías de Baracoa. Desde aquí blanden espadas en la cruzada por preservar lo más auténtico del patrimonio cultural cubano y universal.

Galería de imágenes sobre la Fiesta del nengón y el kiribá

Ver video sobre Fiesta del nengón y el kiribá

Escuchar Baila que baila con el nengón por el Grupo Portador del Kiribá y el Nengón del Güirito

Escuchar En Baracoa te quedarás por el Grupo Portador del Kiribá y el Nengón del Güirito


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